Siempre concluir un año más produce un efecto en los hombres y mujeres, que puede ser de lo más cursi hasta lo más doloroso. Una época que queda grabada en nosotros desde la más tierna infancia y por ende es causa de los recuerdos más alegres o los más dolorosos. En esa temprana hora de la existencia, todo lo vivíamos al máximo y también lo sufríamos en igual intensidad o eso pensaba.
Hoy, después de tantísimos años de celebrar, de reunirse con familia y amigos, siento un desgaste, es como aquella esfera que con el paso del tiempo perdió su brillo y ahora por más que la pules no vuelve a tener la misma intensidad. Me pregunto si soy solamente yo, no lo creo recuerdo a uno de mis parientes más cercanos, aquel con el que compartí muchas cosas, buenas y malas, aquel que se ha vuelto el mejor interprete de un cuento de Navidad, un perfecto amargado al que no le han llegado los tres fantasmas. Está fecha se quedo sin brillo por que las luces de la existencia que le daban color se han ido apagando, se fueron los sueños, el deseo, el hambre de conocer y ella, siempre ella, tan esquiva, tan intermitente y tan lejana en este frío invierno de mi vida.
Una época sentimental, llena de zafias muestras de afecto, tan falsas como la alegría que produce un diploma de la empresa en la que trabajas. Adormecido, ausente y con cierta rabia por haberme extraviado, por haberme perdido y encontrarme al final aún en medio de la nada, siendo un espectador, viendo sólo las chispas saltar y apagarse, lejos de la hoguera. Me he convertido en aquello que no quería ser, un zombie, un muerto viviente en vida que es incapaz de experimentar esa emoción por lo colorido, por lo simple, por lo brillante, por la vida misma.
Lo he decidido, caminaré de frente y treparé por cada uno de sus peldaños y ahí, frente a la inmensidad del océano, contemplando las luces de la ciudad, me desharé de ese ese negro abismo que habita en mi interior.
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Hace 5 meses

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